R.- Cuando las pequeñas piezas que conforman Cuentos de la tierra se fueron
armando, comprendí que, entre ellas, tejidas, estaban las formas y usos que sin
querer he ido adquiriendo del lenguaje. Unas veces porque lo escuchas y otras
tantas porque te encandila. Mis palabras no son más que herencia del rastro que
otros, sin darse cuenta, han dejado suspendido en el aire. En ese aspecto me gusta
pensar que soy un perfumista que enfrasca el aroma de la lengua, su sabrosura,
su deje y su picaresca.
Bendita sea Castilla y León y cada una de sus gentes por regalarme trozos de su
vida y pensamiento a través de sus palabras, pero aquí no solo entran las
tierras castellanas; Cantabria, Asturias, Aragón, Castilla la Mancha, Galicia,
Extremadura, entre otros me han ofrecido parte de su cultura y humanidad. Cuentos
de tierra utiliza el pueblo castellano como pretexto para señalar un
motivo social universal. Vivimos juntos, con todo lo que ello conlleva.
P.- ¿Hay una reinvención de los pueblos, de las gentes castellanas?
R.- Es triste observar cómo Castilla y León es vista desde fuera, bueno, en
muchas ocasiones desde dentro también. Soy consciente de que mi tierra no
destaca en PIB, estado de bienestar u ocio rutinario, pero al igual que en mis
relatos intento percibir las pequeñas cosas que hacen de mi comunidad un lugar
con identidad, arraigo y carisma. ¿Que en Castilla y León somos secos? Pues con
orgullo, no todas las personas son capaces de soportar una personalidad que se
ha forjado con la misma dureza con la que se pisa el suelo que labra.
P.- Al mismo tiempo que tradición se ve evolución y las emociones
principales del ser humano. ¿Cuáles serían, en tu opinión?
R.- Odio caer en la redundancia que un canon literario anterior ya ha
establecido, pero en este caso es absolutamente cierto que dos pasiones
principales mueven al ser humano: el amor y la muerte. Considero que el amor es
la más fuerte. En ella se desglosa la filantropía (que falta nos hace) y la
preciosa empatía. El amor es una suma de emociones plenamente sociales, que
casi por efecto de neurona espejo, activa en mis relatos un cebo para que el
lector se vea reflejado en los actos más caritativamente humanos y para qué
mentirnos; no concibo el mundo sin amor, sin buenas personas y sin ese pequeño
hilo de amabilidad que hace que las cosas funcionen. Por otro lado, está la
muerte que, bajo mi concepción, no deja de ser un sinónimo de vida. Con La
poética de lo imaginario de Durand comprendí que existe, susurrante, un miedo
intrínseco a morir. Esto puede paralizarnos y contemplar la existencia como un
abismo o armarnos de valor y batallar diariamente por el pedazo de Sol que nos
corresponde. Temer a la muerte es la mejor manera de estar vivos.
P.- ¿Qué influencias tiene tu obra?
R.- La respuesta corta es el cuento hispanoamericano. La respuesta larga
engloba a Poe, pionero y artífice de la rueca donde ahora todos tejemos
nuestros relatos, a la mitología no solo griega (que tantos gustos me dio de
niño), si no universal y a esos pequeños detalles que la anécdota oral sella
como un leit motive. En mi obra hay hueco para el verso aurisecular, el ensayo
al puro estilo de Unamuno y en, pequeños rincones, el absurdismo de Beckett.
Para mi Borges encriptó el infinito en su biblioteca y solo el tiempo explicará
por qué tuvo razón.
P.- Publicas tu primer libro con sólo 24 años, pero con 21 ganaste el
XX Premio Internacional Sexto Continente de relato imponiéndote entre 182
textos recibidos de 27 países. ¿Aquel premio fue un espaldarazo definitivo para
tus ansias de crear?
R.- Aquel premio fue un golpe de realidad, un hálito de vida. Siempre he
escrito, aunque con dieciocho años empecé a tomármelo más enserio. Todo quedaba
en un pequeño círculo que; aunque no lo entendía, me apoyaba y eso ya es más
que suficiente. Tengo un irremediable miedo a estar muerto, a no haber dejado
una huella en el mundo y supongo que es ese pavor el que inconscientemente me
obliga a dejar por escrito aquello que siento, pienso o creo. No me importaba
ser una pequeña voz entre la marabunta, para mí, mi propio discurso siempre sería
algo digno de ser escuchado, aunque solo lo hiciese yo y sirviese para forjar
mis convicciones. Ese concurso me ha hecho comprender que mis palabras merecen
ser oídas por alguien más y que quizás, había algo de talento. No me importaría
escribir aun sabiendo que con ello se escapa mi vida, porque sé que en el
futuro esa moneda me va a volver.
P.- Ganaste aquel premio con un texto sobre la muerte de los pueblos castellanos: Requiem
por Clarión de Campos. ¿Es una constante en tu pensamiento la lucha por salvar
la España vaciada?
R.- No soy ningún héroe. No creo que yo, como individuo, genere algún efecto en
aquellos que se niegan a ayudar o tender la mano. Mentiría si digo que no
pienso en una utopía donde Castilla y León y otras tantas tierras volviesen a
rezumar vida. Me duele mucho el abandono. Sin embargo, sí creo que la
literatura es la semilla en la que germina la revolución. Revolución sin ningún
cariz político, me refiero a una revolución plenamente humana, sin ideología de
por medio o al menos sin una ideología que nos use como títeres. Algún día
comprenderemos que la suma infinita de manos es capaz de parar un meteorito.
Solo si sujetamos juntos, solo si somos capaces de no dejarnos caer. Así que
sí, en mi obra la lucha contra la desidia que están padeciendo los pueblos de
mi provincia, comunidad y país es una constante, porque nadie se merece morir
en el olvido.
P.- ¿Se puede decir que hay un cierto humor en tu obra, a pesar de los
temas profundos?
R.- Creo que la vida es horrendamente irónica, con el sabor que eso le aporta.
La sátira está en desuso por su factor ético y por la castidad de valores que
existen hoy en día. En mi obra no pretendo reírme ni menospreciar a nadie – la
literatura no tiene que primar como insulto con ingenio- sin embargo, los
vuelcos y giros que la vida ofrece embisten con tanta virulencia que en la
mayoría de los casos, lo mejor es tomárselo con humor para defendernos, para
devolver el empujón. La sátira de y hacia la vida no deja de ser una sátira
hacia nosotros mismos, hacia lo vivido, con el desprecio que eso conlleva. Yo
no pretendo ser irónico en mi obra, el chiste se cuenta solo.
P.- La portada es una extraordinaria ilustración sobre la mitología
leonesa de Toño Benevides. ¿Se puede decir que en tu obra hay referencias a la
mitología de la tierra?
R.- La región leonesa o soriana son una fuente inagotable de mitología, por
su parte mi zona tiene cierta dificultad para ocultar en su naturaleza
entidades sobre o anti naturales. He encontrado entre el imaginario popular
brujas en el Cerrato o Tierra de Campos, hombres lobo y espíritus labriegos.
Alguno de estos se merecía tener hueco en esta compilación de relatos. Sin
embargo, abogo por que nunca es tarde para alimentar el folcklore con nuevas
historias que ericen la piel, hagan reflexionar o busquen, de manera
sobrenatural, explicar lo que la ciencia ya sabe, pero el misticismo admira. En
esta obra he aunado tradición e impulso hacia el mañana. Un mañana onírico
donde espero haber plantado semillas de casas abandonadas, túneles ocultos o
cuerpos exageradamente deformados. Porque la mitología nace de las historias
que inventan los pueblos para intentar dar solución a sucesos extraños, para
advertir o para entretener y sé que los seres que habitan en esta obra darán
mucho de que hablar.
Ficha del libro https://www.mareditor.com/narrativa/Cuentos_de_la_tierra.html
