P.- ¿Peregrino es una novela que puede leerse además como un
libro de cuentos?
R.- Sí, desde luego. El proyecto
comenzó a gestarse a partir de dos relatos narrados por niños, de hecho. La voz
de los narradores y sus relatos sugerían una profundidad mayor y pronto se
englobaron en una idea más amplia bajo el título provisional Estudios en Em (Mi
menor). Esta tonalidad, quizá la más sencilla en guitarra, expresa calidez,
melancolía, emociones intensas… las melodías en esta tonalidad mueven a la
reflexión y a la intimidad, a la nostalgia y a sensaciones entrañables, y
aquellos relatos en primera persona, protagonizados por una niña y un niño
respectivamente, hablaban de una vida interior profunda y de dos visiones: la
femenina y la masculina, que forman parte de cada uno de nosotros, tanto
interiormente como en nuestras relaciones con el sexo opuesto. Supongo que en
ese momento encontré el tono de escritura y la perspectiva visual y creativa de
Peregrino, que incorpora esas y otras sensaciones en los distintos ámbitos de
la vida y en las diferentes épocas que atravesamos con el tiempo en tanto
maduramos y envejecemos. Esto son los relatos, que van llevando el uno al otro
y construyen la novela: la visión de la vida que no se presenta aséptica ni
limpia de impurezas sino que, afectada ella misma por las vivencias familiares
y sociales, por los demás y el mundo de fuera, va moldeándonos con experiencias
desde muy temprana edad y esculpiendo nuestro complejo mundo interior. Nuestra
narrativa interna es una novela construida con relatos, igual podemos
considerar exclusivamente un relato como podemos considerar la novela completa.
Peregrino es esta novela, que puede leerse como un libro de relatos y
que enriquece en su conjunto.
P.- 5 grandes líneas marcan las aventuras de nuestros
protagonistas: la familia como nido en el que aprender la percepción del mundo,
pero también entorno en el que desarrollar la imaginación y la evasión.
R.- Sí, sin duda es el punto de
inicio, ella supone nuestras primeras referencias vitales y del mundo (o lo que
entonces consideramos como mundo) y es la primera en tallarnos y moldearnos con
hábitos, costumbres y miradas. La familia puede suponer hogar, pero también
dolor y sufrimiento. Esta ambivalencia es la primera referencia que podemos obtener
sobre la vida y la primera paradoja, y tal vez sea la que nos deje una impronta
más profunda por la confusión que produce a una edad temprana en la que no se
encuentra formada la conciencia enteramente y se carece de recursos
emocionales. Miramos al mundo después de ser tallados por la familia e
inicialmente lo hacemos desde la mirada de la familia. Ahora bien, la
imaginación y la creatividad son claves en nuestra formación, en primer lugar
como medio de evasión. Ante la confusión, la incomprensión, la falta de
atención, el dolor o el sufrimiento, un niño, incluso un adolescente, se
refugia en la evasión, busca o construye esa cabaña en lo alto de un frondoso
árbol en medio del espeso bosque. Es inevitable la búsqueda de otros mundos
mejores y más propios ante la necesidad de huir y de ser diferente, y ahí es
donde comienza a forjarse la imaginación; en la lectura, la composición, la
pintura, la escritura, el amor…
P.-¿Cómo surge la introspección en tus personajes? ¿Se
alcanza a comprender el sentido de la vida?
R.- La incomodidad, el rechazo, el disgusto, el
dolor, producen inquietud, una inquietud que nos mueve a anhelar algo que
consideremos mejor por considerarlo propio. La introspección surge de esta
inquietud de cuyo origen no somos necesariamente conscientes al inicio, sin
embargo la inquietud sí está en nuestro consciente y se vuelve casi material.
Podemos desfogarla en la inestabilidad y con cierta agresividad tanto externa
como interna, pero también podemos ser amables con ella. En todo caso, mueve a
la introspección, a indagar sobre nosotros y nuestras circunstancias, a remover
nuestro interior para tratar de saber dónde se encuentra la avería, si somos
así de manera natural o alguien nos ha desarreglado o metido algo dentro, si
tenemos arreglo o qué podríamos hacer con nosotros mismos. Quizá no encontremos
las respuestas concretas que deseamos, pero también es posible que encontremos
el medio por el que encontrar cierta estabilidad y cierta armonía. La
introspección es, sin duda, el medio por el cual tenemos una oportunidad de
comprendernos y de comprender el mundo. Tampoco se trata de dar sentido y menos
a la vida, que carece de él fuera de la supervivencia. La vida es desordenada,
imprevisible y contradictoria, es mejor comprenderla que encontrarle un
sentido. La comprensión es la que mayor paz interior y armonía nos aporta, la
que mejor perspectiva nos da de las cosas y de la vida, y en la que encontramos
nuestros mejores recursos para vivirla y para sobrevivirla.
P.-¿Cómo van viviendo tus protagonistas el paso del tiempo, la soledad, el
destino?
R.- Existen diversas voces,
como las hay en nuestro interior, en función de la situación y del momento. No
reaccionamos de la misma manera según el momento o la circunstancia. La
soledad, el paso del tiempo y el destino suelen producir desazón y desasosiego.
Los personajes protagonistas responden con la introspección, con una cierta dosis
analítica en la que las emociones les recuerdan su humanidad en el sentido de
normalizar la afectación por el paso del tiempo y la soledad, otra cosa es lo
que hacen con ello después de averiguar la causa de esa soledad, si están a
gusto o no en ella y si desean hacer algo para cambiarla. El paso del tiempo es
inevitable y solo puede obrarse sobre la manera en que vives cada época y cada
momento, tu actitud ante cada edad es tu actitud ante la vida y viceversa. Los
protagonistas lo encaran, son conscientes de su tiempo y de su soledad, y
aceptan o temen su destino casi a partes iguales.
P.- ¿Puede resultar traumática
la percepción de la existencia y el “destino”?
R.- Sí, claramente. A cada
cual en su medida, desde luego. Lo interesante, a mi parecer, es lo que se hace
con estos tres elementos, con la existencia, con el destino y con nuestra percepción
de ellos. Podemos actuar sobre nuestra percepción y sobre nuestra existencia, que es
actuar sobre nuestra esencia. La forma de abordar el destino depende del
momento en que se hace: si a priori o a posteriori de haberse cumplido éste. Si
alguien cree que caerá al mar desde el acantilado, los evitará; si ha caído al
mar, pensará en nadar y en cómo salir de él… o se dará por muerto. Ambas cosas
resultan traumáticas, pero, a mi parecer, el destino solo es un elemento vacuo.
Existe el devenir coherente de la causalidad; nuestros actos, pensamientos y
decisiones, unidos a los de los otros, conllevan una concatenación de sucesos
que producen un resultado determinado. Puedes llamarlo destino, pero no es tal
en realidad, solo existe una tendencia extremadamente sensible a verse
alterada. Puede resultar traumática la percepción del destino, desde luego.
Ahora bien, qué se hace con esa percepción es lo interesante desde mi punto de
vista. De igual manera, me parece de interés lo que hacemos con ello. Ahí es donde
se encuentra mi visión de la literatura, no tanto en lo que sucede, en la
percepción o en el trauma, sino en lo que hacen con ello los personajes
(personas, al fin y al cabo).
P.- Infancia y adolescencia
son períodos de aprendizaje, recordados como el paraíso, pero con dolor y
pérdidas, ¿Cuál es la influencia de los recuerdos y experiencias en el
presente?
R.- Es determinante, quizá
porque no es una influencia consciente y porque no se tienen herramientas ni
recursos suficientes
en esas edades para digerirlos o tratarlos. Uno, digamos, se encuentra
indefenso entonces para siquiera ver con claridad esa influencia. Los padres
son la primera influencia, sin duda ambivalente, en el sentido de poder ser más
o menos agradable o desagradable. Nuestra forma de recordar a nuestros padres
se encuentra marcada por el mal o el bien que nos hicieron y, generalmente, el
predominante suele ocultar al ocasional. Es decir, el bien oculta el mal en
nuestra memoria y el mal oculta el bien. Solo eso es una manera de distorsionar
nuestra visión y nuestra experiencia. Con esa distorsión es con la que
abordamos las situaciones presentes y afecta a nuestra manera de entender, de
comprender, de reaccionar y de actuar ante acontecimientos parecidos, similares
o meramente temidos o supuestos. Son períodos de la vida que podrían
considerarse fuentes de las que uno bebe continuamente, con mayor o menor
conciencia; suponen nuestro primer contacto con el exterior (la escuela, el
parque, los primos, los hermanos, la familia, los amigos, el médico, el amor,
el desengaño, el dolor…) y con nuestro interior.
P.-¿Llega un momento en el que
es necesario abandonar las preguntas existenciales y las ensoñaciones?
R.- Sí, ha de llegar. No es un
momento definitivo y puede producirse en diversas épcas de la vida, pues la
ensoñación y las preguntas existenciales son una útil herramienta para
conocerse a uno mismo y para abordar sucesos y pensamientos, entre otras cosas,
a la par que son un camino para crecer y hacernos mejores. Nuestros padres nos
hablaban de tener los pies en la tierra y hacían gran hincapié en ello, lo que
significaba ser práctico, tener un trabajo, una familia, una estabilidad
material, ser buena persona, puntual, agradecida, mínimamente generosa.
Abandonar estas preguntas y ensoñaciones también nos procura un reposo, descansar de la
tensión y la ansiedad.
P.-Hay varios narradores en Peregrino.
¿Quiénes son?
R.-La idea subyacente en ellos
es la de un narrador masculino que expone su lado femenino. Esto se muestra en
dos voces narradoras: una femenina y una masculina. Ambas se disgregan en los
distintos narradores de cada relato, cada uno con su perspectiva, sus
emociones, su identidad y su contexto. Peregrino construye con estas
voces narrativas un hilo narrativo común que aporta una perspectiva vital
general de la novela en su desenlace como si uniera cuentas en un collar que
encuentra en su broche la razón de ser y el significado vital de su existencia.
Una niña sacudida pronto por la muerte y la violencia, un niño que encuentra en
su imaginación su primera idea del mundo, otra niña ansía hacerse mayor y se
encuentra, en esos primeros pasos, con la crudeza que ello implica; un hombre
ingresado en una residencia muestra el trasfondo que conlleva el aislamiento y
la necesidad de protección, otro hombre, en el esplendor de la mediana edad,
elude encontrarse con la parte de sí que ha cometido un asesinato, una mujer
regresa a casa de vuelta de una evasión…
P.- Es esencial la relación con los padres y su impacto en la
identidad del personaje. Los humanos tenemos tendencia a ser los jueces más
severos de nuestros propios padre. ¿A qué conclusiones llegas?
R.- Es probable que seamos los
jueces más severos porque existe una distancia insoslayable entre padres e
hijos y nada llega a esclarecerse lo suficiente para unos ni para otros. Es
difícil alcanzar una conclusión sin controversia. No nos pondríamos de acuerdo
en determinar qué es ser un buen o mal padre y tampoco en qué consiste ser un
buen o mal hijo. Los hijos presuponen haber sido buenos y disculpan sus errores
o comportamientos atribuyéndolos a la edad, a la inconsciencia o al
desconocimiento, en tanto los padres hacen lo propio atribuyéndolo al
desconocimiento, las circunstancias o incluso a la forma de ser de los hijos.
No obstante, y abandonando la dualidad del bien y el mal, podemos alcanzar
algunas conclusiones: por lo general, la distancia entre ambos se debe a una
falta de escucha, a una falta de comprensión y una carencia de apoyo mutuos. Es
cierto que los hijos carecen de conciencia completa y recursos emocionales en
las dos o tres primeras décadas y, por tanto, el mayor peso de responsabilidad
recae sobre los padres. Si los padres escuchan, comprenden y apoyan, los hijos
estarán más cerca de aprender a hacerlo. Los padres enseñan y los hijos
aprenden, primordialmente, y aunque éste sea un camino de doble sentido. Sin
estos elementos, existirá un desequilibrio importante en la relación. Si ahora
sumas un determinado grado de violencia por parte de los padres hacia los
hijos, el impacto en la identidad de éstos se incrementa de manera decisiva.
Ahora bien, aun escuchando, comprendiendo y apoyando, nada garantiza una
relación paternofilial sin impacto. Esos tres elementos puedan mellar definitivamente
en la identidad. Literariamente, las relaciones paternofiliales son un foco
interesante de atención y un germen narrativo interesante. Otra conclusión
interesante es la aceptación, comprender que no somos nuestros padres ni somos
nuestros hijos y aceptar que, finalmente, tampoco podemos cambiar demasiado
aquello que fue, pero sí nuestra visión, incluso y sobre todo si se han tenido
unos padres severos en exceso o demasiado permisivos. Solo podemos convivir con
ello y, lo más fundamental, aprender de ello. Sin caer en la severidad, ni con
ellos ni con nosotros mismos.
P.-En tu novela se respira el anhelo de libertad, pero ¿Cuál
es la libertad que espera conseguirse, cómo es?
R.- Si podemos definir esa libertad
la definiríamos como inalcanzable; no deja de ser un valor utópico. El ser
humano no es libre y está preso de sí mismo y de muchas limitaciones y cadenas.
Por ejemplo, su pensamiento y su forma de sentir están limitados por su lengua,
sus costumbres, sus referencias culturales y sociales, su entorno y su
infancia. Pensar libremente no es pensar lo que uno desee y de la manera que
desee sino pensar libre de ataduras, prejuicios y limitaciones, lo cual es
imposible. La libertad física tampoco es alcanzable. La novela apunta a un
punto de libertad más posible que es la de los sueños, la de la imaginación y
el anhelo. Imaginemos un mundo en el que todos fuéramos libres, ¿podría
materializarse ese mundo en algún caso? La novela enfoca la idea de libertad
como anhelo, como un horizonte lejano que contemplar sin alcanzarlo jamás
porque es el punto de equilibrio de la existencia y es la manera en que podemos
aceptar y aprender nuestra realidad más inmediata. Esa sería la libertad que
desea conseguir el narrador, la del equilibrio y la paz interior. Se alcanza la
libertad cuando puedes sentarte en un lugar propio a contemplar el atardecer
inmerso en una perenne paz interior. La edad, el tiempo, las vivencias, la
experiencia y la introspección son necesarios para alcanzar esa libertad. Ese
es el viaje incesante del peregrino, descubrir que no tiene que moverse de su
lugar sino encontrar el suyo propio desde el que la mirada, ahora sí, encuentra
la perspectiva vital adecuada y algo de sabiduría. ¿Acaso no es la única
libertad posible?
Toda la información en https://www.mareditor.com/narrativa/peregrino.html
